Por M.

La semana pasada, tuvimos acceso desde La Llave a un pase previo para la
inauguración de la exposición inmersiva de Gustav Klimt en Matadero. Obviamente
una exposición que explore nuevas formas de disfrutar de la obra de un artista
siempre es bienvenida, pero una reflexión retumbaba en mi cabeza constantemente:
¿es que ya no es suficiente con la contemplación de una obra que, literalmente,
tenemos que caernos dentro para poder disfrutarla?

Con todo el tema de la revolución digital y de la necesidad de estímulos constantes,
parece que el espectador ha perdido su capacidad de recrearse en la observación, de
llegar a la catarsis, tan valorada por nuestros ancestros griegos, a través de la simple
contemplación. Lo íntimo y real parece ahora demasiado simple, demasiado aburrido.
Más de 300 proyectores son los encargados de proveer a los visitantes de un acceso
casi obsceno a la intimidad de la obra. Ya no se espera del despreocupado asistente a
la exposición (¿o deberíamos decir “experiencia”?) que haga algo que requiera más
esfuerzo que abrir los ojos: ¿dónde queda el diálogo intelectual con la obra? Amelie
Bloch-Bauer aparece proyectada en un muro de 5m a pedazos; primero la boca y luego
los ojos, después los pechos, y por último las manos. Ya no es ella, es un despiece
artístico, una disección. Lo sútil se vuelve obvio, y su sensualidad recuerda a la de uno
de esos flyers que a veces aparecen enganchados en los parabrisas de los coches.

En el artículo “Cómo las obras maestras se reducen a marcas: una revisión de la
exhibición inmersiva de Van Gogh” (The Varsity, Universidad de Toronto), la autora
Elena Foulidis busca una justificación para esta gran oleada de nuevas experiencias
inmersivas: “Las pinceladas amplificadas superaron el posible alcance del ojo desnudo,
despertando lo que Walter Benjamin denominó el inconsciente óptico: la idea de que la
tecnología puede darnos acceso a cosas que de otro modo serían imperceptibles”. Pero
¿no sería esto como querer empezar la casa por el tejado? ¿acaso es necesario
observar detalles imperceptibles para el ojo cuando se obvian los observables?

La experiencia casi sagrada que supone plantarse frente a una obra de arte real,
original, fruto de las manos de une artiste, capaz de conmovernos rompiendo las líneas
de la temporalidad y la geopolítica, aparece ahora desprestigiada e incluso aburrida. Lo
mismo me sucedió hace unas semanas cuando visité la exposición, también en
Matadero, sobre El jardín de las delicias. Y no quiero que se me malinterprete; el arte
digital me parece tan legítimo e interesante como cualquier otra forma de expresión
artística, pero, de nuevo, ¿por qué no es suficiente observar la obra del Bosco? ¿por
qué necesitamos que se mueva, que esté animada, para poder vivirla? Obviamente no
me preocuparían estas incógnitas, si viese que el público entiende que realmente este
tipo de exposición es una reinvención de la obra original, una versión, y que como tal
tiene un valor que no rivaliza con el de la obra primitiva, pero pude observar (y
escuchar) como mucha gente ya daba al Bosco por visto gracias a esos paneles
luminosos.

Inevitable reflexionar sobre la idea de este arte inmersivo como producto de un
sistema capitalista que fagocita todo lo explotable. Ahorrándose los costes de trasladar
una obra, la inversión necesaria en seguridad, las grandes luchas burocráticas y, en la
mayoría de las ocasiones, el pago de derechos de copyright al artista sobre su obra (ya
que ha fallecido hace más de 70 años – límite legal para la protección de Copyright)
este tipo de exposiciones resultan de lo más rentable.

A este paso nuestros jardines terminarán siendo generados mediante inteligencias
artificiales. Los colores de la vegetación serán más brillantes, más sorprendentes, y
todos nuestros sentidos serán estimulados al mismo tiempo. Como precio,
perderemos el aroma de las flores, el frescor de la sombra y el esplendor de la hierba.

M.

Categorías: JARDÍN

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