Por Almudena Anés

Psyche (1974), performance de Gina Pane.

Los pies de una ciudad salvaje yacían a sus pies. Desde la máquina, Artis confundía
pasado con presente. Dejó caer la ceniza del cigarrillo. Había probado la tierra al fin.
No había encontrado ningún rastro, apenas pistas. Había averiguado nuevos datos,
pocos: los osos panda habían dejado de hibernar porque se habían acostumbrado al
clima subtropical. Artis tampoco dormía, su cuerpo se había acostumbrado a otro
ritmo alternativo de ciclación. Las madres de los osos panda, por otro lado, daban a
luz a varias crías y sólo elegían a la más fuerte. Las demás eran abandonadas,
aniquiladas. ¿Hiciste eso conmigo, madre? ¿Intentaste matarme y no lo conseguiste?
Una ráfaga de cicatrices surcaba su cuerpo, una extensión ramificada y prolongada
del paso de la máquina por su ser. Si se quedaba mucho tiempo en silencio, aún
escuchaba la turbina del motor, los giros. Si sólo fuese el ruido. Pero sentía peor el
olor que había impregnado la máquina en su nariz, ese almíbar de sangre y fluidos.
Terminó de fumar y regresó al yeso. El aire nocturno ayudaba a que la masa se
mantuviese húmeda. Primero, hacía los moldes: un brazo, una oreja, un ojo.
Segundo, añadía la tela imitativa de la piel, de la textura y tonalidad más exactos al
original. Tercero, insertaba el ligero vello. Cuarto, plastificaba el miembro para que
las venas artificiales no derramasen su contenido en tinta. Quinto, firmaba su obra.
¿Cuántas partes de su cuerpo quedaban por escenificar? ¿Había llegado a contar las
fracturas, los restos?

La máquina de la deformación orgánica había sido el gran invento de una
corporativa médica, un logro de siglo. Tenían que probarla con alguien, ella fue una
de las elegidas. No había muchas más opciones. Sus padres no podían comprar
sangre ni músculos ni huesos ni siquiera un espíritu para mantener en la
computadora. Ya lo habían vendido todo: eran dos esqueletos metálicos y pobres. El
cuerpo de su madre, enterrado hacía tiempo, sólo era chatarra embadurnada en
grasa. Ellos aceptaron y Artis fue el resultado de una creación revolucionaria.
Cuando el dinero se terminó, la humanidad empezó a comerciar con aquello más a
mano: los cuerpos, la trata de todos los cuerpos. Porque la vida es valiosa. La
tecnología podía compensar carencias. Si antes, en la vieja época, se vendían ya
cabellos en las peluquerías o se donaba sangre en los hospitales o se liquidaba el
semen o los óvulos a la fecundación del mejor postor, ¿por qué no con todo lo
demás? El comercio de órganos creció y se expandió. Los antiguos creían en la
potencia de la leche para rejuvenecer la piel, ¿por qué no usar leche materna? Las
madres fueron exprimidas como vacas y la industria cárnica se hizo carnalmente
corpórea porque había superpoblación, clases sociales con dinero y mucha gente
pobre desesperada dispuesta a venderlo todo, incluso a sí mismos. Las faltas
evidentes se paliaban con prótesis improvisadas de cobre o acero, si había posibles.
Sólo algunas élites que habían tenido que vender en momentos de necesidad
gozaban de piezas de plata e, incluso, oro. Ya no quedaban apenas cuerpos
originales. Entonces, la máquina de la deformación orgánica llegó para dar solución
a los problemas de compra y venta. Ella misma producía cuerpos, solamente tenía
que ser alimentada.

Artis se encendió un nuevo cigarrillo. No sentía nada excepto algo parecido al calor
dentro de sí misma. En general, todos sus sentidos provocaban en ella un
sentimiento de enajenación repulsivo. ¿Has terminado? Aymar y yo vamos a enviar
los paquetes. Banto se acercó por detrás, con una cojera evidente. Sí, respondió
Artis, esta es la última obra de hoy. Señaló un dedo índice. En los últimos años, sin
edad reconocible, Artis se había dedicado a un propósito: a la devolución de aquello
de lo que no podía deshacerse. De todos los sujetos que entraron en la máquina de la
deformación orgánica, ella fue uno de los cuerpos en salir viviente. Cuando sus
padres agotaron el dinero, vendieron lo último que les quedaba: a su hija. Lo
hicieron por partes, de manera denigrante. Quedó una consciencia y la posibilidad
de más dinero si accedían a las pruebas de la máquina. Accedieron. A la máquina se
le metían restos de personas no válidas: discapacitados, disfuncionales psíquicos,
enfermos, ancianos. La contaminación medioambiental ya había deformado a la
especie humana mediante el impacto sistemático y constante del cambio climático.

La máquina generaba el proceso contrario, reprogramaba las moléculas mediante la
secuencia genética de células madre sanas. Los técnicos de laboratorio insertaban
un algoritmo y esperaban a que las piezas se regenerasen para ser funcionales de
nuevo. Pero no conseguían generar cuerpos funcionales, sólo partes que no
lograban cohesionar. La mente, al igual que cualquier injerto humano, está vivo. Esa
era la clave que necesitaban. Funcionó. Aquella noche salieron tres cuerpos vivos de
la máquina, reformados y eternos. Artis era un resultado positivo.

Lo que los técnicos no pudieron prever fue el aspecto de aquellos cuerpos, que
parecían monstruos quirúrgicos. Eran cicatrices andantes que señalaban todos los
términos del proceso que había llevado a una imagen grotesca. Artis no podía
mirarse al espejo al principio. El tiempo y la paciencia habían dotado de
corporalidad al cuerpo contrahecho de Artis. Las piezas fueron encajando,
rompiéndose y dilatándose hasta resolver la estructura. El maquillaje y los tatuajes
habían disimulado lo demás. Artis cogió los miembros y se los pasó a Banto, que
esperaba en la puerta silencioso. El sonido de su renqueante paso por el pasillo se
fue perdiendo. Artis se preguntaba muchas veces si era real, si aquel cuerpo suyo y
ajeno era real, si la sensibilidad trastocada era real. Quizás sí, quizás no. No
importaba porque la máquina de la deformación orgánica seguía funcionando. Sin
cigarrillos, respiró la noche. Banto, Aymar y el resto se encargaban de enviar sus
obras a sus legítimos dueños. Artis había investigado todos los cuerpos que
conformaban el suyo, muertos de hambre en su mayoría, sin posibilidades de futuro.
Si quedaban familia o amigos, les mandaba la pieza con una nota breve. Había
mandado más de cien tipos de piezas a contactos desconocidos contándoles una
historia de fantasmas. Su propósito había sido ese pero todavía faltaba una parte.
El corazón, órgano de carnicería y mesa forense. Iría al mismo infierno con tal de
recuperarlo.

Categorías: CUERPO

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