De Almudena Anés

La tierra escoció bajo sus párpados. Esperó enterrada en la arcilla, intuía la oscuridad nueva
de la noche, diferente a la del subsuelo. Sentía dolor, una refracción automática. No recordaba
cómo mover los brazos. Si abría la boca, quizás una rendija, la tierra, el polvo y las lombrices
entrarían dentro. Sucedería el ahogo pardo. Un cosquilleo rugiente martilleó sus dedos, el
movimiento regresaba a través de la circulación sanguínea y los latidos. Respiró al fin. Y la
tierra se partió en dos. Su sombra, apenas los restos, reapareció en un paisaje antiguamente
conocido. El frescor y el rocío inundaron su rostro, oscurecido por los años de barro y grava.
Respiraba aire y los pulmones, aún enrarecidos por el reposo, iban tomando el ritmo de las
criaturas vivas. Miró alrededor: el pie del mundo asomaba sobre su cabeza, helechos y cañas
de bambúes salvajes se fusionaban en un verde aterciopelado ante sus ojos. Había tanta
belleza delante del sueño soterrado.
Intentó levantarse, un cervatillo echando a andar. La fuerza afilada joven regresó y se irguió
sobre sus dos piernas. El agua envolvió su piel, llena de mugre, el agua empapó su pelo
desgreñado. Tenía uñas de águila. Tal vez había regresado a la vida como animal. Enormes
cascadas revolvían los árboles doblados por la humedad, las begonias rojas y las orquídeas de
oro se fundían con los bejucos silvestres. Estaba viva, de nuevo. Y regresaba a una tierra
mojada, lodosa, donde todavía hallaba el hueco que había dejado su cuerpo al salir de la selva.
En el lago profundo que dejaban las cascadas horadando la tierra, ella se bañó desnuda. El
dolor palpitaba en su pecho, la cicatriz de un ojo entre los senos. Todo su cuerpo era estambre
al raso, atento y seducido por la naturaleza. Sumergida en las aguas montaraces, fue
limpiando su piel de capas de suciedad y reposo. Observó sangre coagulada en algunas heridas
cerradas. Se llenó la boca de sed y bebió. Se estremeció de placer al recordar el sabor del
líquido. Una vez limpia, desnuda doblemente, emprendió la marcha hacia el sur. Había sido
convocada.
La tierra no tiene sabor, Julito, no tienes por qué tener miedo a la tierra porque somos tierra y,
cuando morimos, volvemos a ella. Julito, algún día crecerás y yo seré como la tierra, un abrazo
de fango y calor. No lo olvides nunca… Julio miraba impasible el cadáver de su madre,
despojada ya de cualquier edad. Casi parecía un muñeco de cera y, por alguna extraña razón,
en aquel momento íntimo, recordaba aquellas frases místicas de su madre. Porque ya no estaba y no estaría nunca más. Su prometida le agarraba bien fuerte de la mano y ella sí había conseguido llorar. En las intimidades de la noche, a veces la miraba en el lecho y se preguntaba
cómo un hombre como él, tan bruto, había enamorado a aquella mujer, la profesora del
pueblo, adorada siempre por los niños pequeños. Siempre había tenido miedo al abandono y a
la violencia. Recordaba también a su padre, ahí presente, justo al otro lado del hueco abierto
en la tierra, mirando también mudo el cuerpo que había sido su esposa. Julio odiaba su
alcoholismo y sus ruidos masticando y su mano de marinero y su amor incondicional de hijito.
Julio también se odiaba un poco a sí mismo. Como decía su prometida, la profesora, tú nunca
serás Otelo, Julito, y entonces él, que tal vez aún era un poco niño, se acordaba mucho de su
madre.
El oficio resultó vacuo. ¿Su madre abriría la boca para probar la tierra? Julio desconocía qué
hacer con su dolor a partir de ahora y, sobre todo, cómo surcar aquellas marismas de odio que
sus padres habían sembrado en él. Uno por destruir y desaparecer; la otra, la muerta, por
haberse quedado. Julio estrujo las venas de su puño entre la presión del deber familiar y la
huida eterno del hielo. Él era pescador, vivía solo en altamar.
Terminó la ceremonia y su padre se marchó sin despedirse, a través de una mirada sin ojos.
Apenas podía caminar rectamente aquel hombre al que llamaba padre, pensó Julio mientras
veía perderse a una sombra entre los primeros principios de la noche. Desde la muerte de su
madre, soñaba con su vida pasada y ansiaba revivirla, volver a sentir sus abrazos, como
cuando era niño. Su prometida le tomó la mano y juntos caminaron en el tenue silencio del
atardecer hasta el muelle, mientras la tierra iba despejándose de adioses.
Tú no tienes la culpa, amor, tú no tienes la culpa, decía ella mientras le sostenía del brazo,
fuerte como el de un marinero demasiado tiempo lejos del hogar. Era un hombre duro, Julio se
parecía a su padre. No lloraría entonces ni lloraría en el futuro. Los hombres como él cogían
las penas, las estrujaban en piedras chiquitinas y afiladas que luego destrozaban sus riñones.
Pero nunca lloraban. Todo el silencio del mundo, en ese instante, le pertenecía a Julito. No
creo que haya palabras para describir la inmensa soledad y abismo que sentía entonces su
prometida, una mujer sin nombre, una de las que tantas esperan en la orilla a que ellos
vuelvan.

Hubo anochecido profundo y Julio no conseguía conciliar el sueño. A su lado, su prometida
dormía cobijada entre sábanas y vello. Sentía un sabor a tierra en el fondo de la garganta,
como si algo quisiera salir. El viento caminaba solo afuera, entre quejidos y oscuros presagios.
Se levantó inseguro, como un niño chico, Julito, mi vida, Julito, una voz allá a lo lejos.
Temblaba aquel héroe de agua mientras descendía las escaleras. La puerta de la casa estaba
abierta de par en par. Todo era quietud excepto el sonido de las gotas de lluvia cayendo pero
no llovía, no era una noche de tormentas. ¿Cómo puedo escuchar agua caer? ¿Por qué huele a
tierra mojada? Siguió un rastro de rocío que iba desde el recibidor hasta cruzar todo el salón
de la cabaña de madera, el rastro se perdía en el sótano. Había mucho miedo en sus pasos y en
las manos cuando alcanzaron la pala que Julio guardaba en uno de los armarios de la entrada.
Sólo por si acaso, en este pueblo jamás sucede nada.
Fue bajando, de nuevo, cada vez más abajo de sí mismo, receloso de la oscuridad adulta. Dos
ojos verdes auscultaban su barba de hombre. Te pareces mucho a tu padre, mi niño. Una voz
cavernosa y multidireccional llenaba su cabeza de pavor. Aquellos ojos, los tesoros de su
mamá, de su mamá muerta, enterrada aquella misma mañana. ¿Madre? ¿Eres tú? Soy yo, mi
amor, dame un abrazo. Dos brazos moribundos llenos de lombrices manaron de la noche y
Julio se echó hacia atrás. Ya no soy un niño, mamá. Y tú tampoco perteneces a este mundo.
Estás durmiendo debajo de la tierra, ¿recuerdas? La tierra no sabe nuestra historia, mi rey. No
sabe que tu padre me pegaba, no sabe que tu padre me deseaba tanto que regresó después de
tantos años a darme el último beso, no sabe ni justifica la violencia que se ejerce sobre su
cuerpo, su suelo pélvico, su raíz. A mí tu padre me ha hecho tanto daño que la tierra apenas
puede deducir por qué he vuelto. Pero te diré una cosa, mi cielo, hay algunas madres que
regresan por venganza y yo vengo a quitarle a él lo que más ha amado en esta tierra, aunque él
no lo sepa, aunque tú nunca hayas sido consciente. El cuerpo, doble y metamorfoseado de su
madre, avanzaba, cada vez más visible y hediondo, el cuerpo sacrificado por el hombre y el
cuerpo enterrado por el hijo.
Mamá, esto es un sueño, esto no existe… Julito no podía respirar, solamente observaba a su
desastre. Sus manos no respondían, la pala chocó contra el suelo inactivo. Yo he vuelto de
entre los muertos a quitarle a tu padre lo que más quiere: a su hombrecito. De repente, un
grito de loba partió la noche en cristales de sangre. Toda la oscuridad se metió en el cuerpo de Julio, reprimiendo la locura en un grito desde el estómago que restó mudo. Su madre se
transformó en un yacaré gigantesco, mitad araña y mitad serpiente, aquel monstruo cocodrilo
mantícora le estrujaba la laringe. Quería romperle el torso, el crecimiento.
Yo he muerto por tu culpa, yo he muerto por vuestra culpa de hombres, por vuestros celos y
propiedades… Eres igual que tu padre y debes morir, Julito, debes morir. Entonces, el grito,
preocupado por su dueño humano, salió desde lo más hondo de su corazón, a punto de
pararse, para chillar el auxilio de los dioses superiores. Empapado de sudor y aterrorizado,
Julio despertó en mitad del salón, cuando despuntaba el frío de la madrugada. ¿Qué límites
existían entre la tierra y el resto de los vivos? El único agarre que podía tener la mente de Julio
para constatar la realidad de los hechos acontecidos en aquella noche eran los restos de barro
que se marchaban lejos, de nuevo, al sitio que pertenecían. Mientras, su prometida seguía
durmiendo, en albores y sueños, ella vivía otra vida y esperaba también un hijo que no tendría
padre.
Aquel mismo día, Julio se juró a sí mismo que jamás volvería a pisar tierra firme. El resto del
pueblo dormía. Él recogió sus maletas sin despedirse, ni una sola palabra, como había hecho
su padre cuando él era un niño, con un ojo morado de herencia y un pijama de infante. Julio se
marchó en el primer naviero. A todas luces, era un hombre sin hogar. Su prometida no le
lloraría ni comprendería su destino de madre soltera hasta horas más tarde. Era demasiado
temprano incluso para lamentarse. En la orilla, más barro y rocío. Escarcha de días mejores.
Julio no volvería a Ushuaia nunca más. Él era un hombre de mar, se distanciaba de los
fantasmas. Porque la tierra no sabe de nosotros y el mar, solamente olvida.

Obra de Ana Mendieta

Categorías: TRÁNSITO

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