por Mar Carmena

“En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho (…) En el fondo de la
tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro.
Por último, Eros, el más hermoso de los dioses inmortales (…)
Del Caos surgieron Érebo y la Negra Noche. De la Noche a su vez nacieron Éter y el Día.”

Teogonía, Cosmogonía (Hesíodo)

Todo aquello que está al otro lado de la puerta podría ser un posible depredador que nos
agarre fuerte y nos produzca moretones, sangre e incluso heridas mortales físicas o
invisibles. Solemos pensar que así será, marcados desde el alumbramiento por una intensa
vulnerabilidad. Eso a lo que no ponemos nombre ni apellidos, o que incluso nombramos,
pero nunca hemos presenciado, se convierte en un mito inquebrantable hasta el punto
álgido en que se atreve a traspasar. Aunque aun así no lo entendamos o no seamos capaces
de describir su rostro. Es el instante en que se mantiene la respiración ante esa corta
espera que se percibe tan larga, de saber si en la moneda sale cara o cruz.

En primer lugar, existió el Caos.

Sin testigos, nace:

Man Ray: “Dora Maar” 1936

Me despierto en este espacio reducido cuyas paredes cubren papeles de colores que no reconozco. Trato de desenmarañarme de estas sábanas que, aunque cálidas y confortables, no son las mías y no las quiero. Cuando por fin procedo a levantarme observo unos pies que no son aquellos que creía que me habían transportado hasta aquí, y en el espejo encuentro una realidad similar al no identificar los párpados que guardan mis sueños, ni este cuello que ahora, meramente funcional, recuerda a una autopista que une el tronco con una cabeza de ideas que ya no sé si son mías o inventaron otros por mí.

Me encuentro desde el inicio solo y despojado de identidad.

Lloro en la penumbra que es la gemela con la que ni siquiera puedo hablar ni contar penas,
e inclino la frente hasta tocar las rodillas como si fueran un escudo y entonces empiezo a
rezar con palabras cuyas combinaciones de letras nunca había pronunciado ni sé qué
significan.

A este profundo desconocimiento se suman, intermitentemente, algunas personas que me miran con recelo, como si me conocieran porque les sueno de algo, pero que necesitan escrutarme como hacen los perros: oliéndome el trasero para así encontrar una familiaridad real que nunca se acaba dando. Me parezco, pero no soy. Han pasado por esto otras veces, pero nunca es idéntico.

Soy la primera vez de todo y, como tal, me encuentro condenado a valer de tránsito y
columpio hacia todo aquello positivo y negativo que os ocurrirá. Siempre vendréis a mí
con miedo, como si os fuera a morder, cuando ni siquiera yo sabré vuestro sino. Y así,
vendréis con la ansiedad que generan los puntos de inflexión a darme la manita solo un
rato para, después, volver a dejarme solo, mirando por la ventana de esta casa que no
podríais siquiera concebir, en la que todo está patas arriba y mengua y se hace grande por
momentos.
Es imposible mantenerla recta porque es irremediablemente mutable. Lo único que nunca
cambia soy yo, aquí encerrado. Yo, lo que viene antes de todo lo que nunca habíais vivido,
sentido o presenciado.

Con todo, me queda pensar que en muchas ocasiones me recordaréis con cariño y que,
quizás, la próxima vez que vengáis a visitarme a esta casa de locos, estéis un poco menos
aterrados y os apiadéis de este siervo de vuestra propia naturaleza.
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“Nunca durante el día se verán libres de fatigas y miserias ni dejarán de consumirse
durante la noche, y los dioses les procurarán ásperas inquietudes; pero, no obstante,
también se mezclarán alegrías con sus males”.

Trabajos y Días, Mito de las Edades (Hesíodo)


La niña introduce la mano en la caja opaca

Mi madre dice que cuando venimos a los museos lo
miramos todo como si fuera diferente aunque sea
igual. Las paredes, los techos, los vidrios… hemos
visto tantas veces otros iguales. Pero como están
en un espacio sacado de contexto la gente actúa
diferente y les presta más atención, como si no
hacerlo quedara feo por miedo a no parecer
interesante. Observamos los materiales y entornos
como si los hubieran traído de otro planeta.

A mí el museo al que más me gusta venir es al de Historia Natural porque hay un juego en el que un señor preside una caja cuyo interior no se ve y hay que meter la mano. Se ríe mucho de nosotros porque hacemos muchos aspavientos hasta que decidimos atrevernos. Me acuerdo siempre del viaje que hicimos hace dos veranos a Roma en el que yo, como era muy pequeña, temía a introducir mi pequeña extremidad en la Boca de la Verdad. Allí podría encontrar absolutamente nada y yo lo sabía, así como ahora, ante la caja, puedo afirmar que palparé algo peludo, quizás muy duro y férreo, igual algo blandiblú o en el mejor de los casos, comestible, pero nunca una cosa que me vaya a hacer daño porque entonces tendrían problemas quienes lo organizan. Eso me dice mi madre para tranquilizarme.

Pero, aun así, da igual cuántos fines de semana venga y meta la mano, que me da miedo.
Como si pudieran haber inserto algo malvado que me arrastrara consigo y me hiciera
llorar.

Este miedo también me entra cuando pienso en cómo seré y cómo estará todo cuando sea
vieja como la abuela. Si estaré dolorida o sola. Qué pensaré. Qué sentiré. Qué vivirá mi
alrededor. Cómo serán los árboles y la playa.

Pero después, prefiero pensar que, como con la caja y el primer día de cole, luego nunca
será para tanto.

Espero.

– ¡Mamá! ¡Yo creo que hoy es un Kitkat!

Categorías: LO DESCONOCIDO

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