Por María G. Dionis

Ella es grande y el cigarrillo,
minúsculo y esquelético,
cuelga de su boca, agarrándose
de las pielecillas del labio seco.
Para fumar, vaya a afuera, le avisa la dueña del bar.
Ella le quita la mirada y se baja del taburete negro y raído,
no pensaba fumar ahora, piensa, pero obedece para no tener que hablar.
En la calle no hay nadie, solo farolas mediocres
y un viento infernal. Se apoya en el cristal sucio del escaparate
y enciende el mechero.
La llama ilumina su nariz chata y sus ojos turbios
el pelo blanco y las ojeras blandas,
inspira, coge el humo y lo deja libre.
Cuándo dejé de hablar, seguro que el mismo día que dejé de dormir,
el silencio nos llega a todos, no puedes esconderte, también tú un día
querrás dejar de hablar y de dormir, querrás aislarte y perderte cosas
y dedicarte solo a mirar.
Una chica se acerca a la puerta y al abrirla se oyen las noticias de la televisión
de dentro del bar,
algo de una ahogada, no oye más porque la puerta se cierra,
pero gira la cabeza y ve las imágenes de un cuerpo dorado
en las orillas de un río pequeño y con algas,
mujer, de entre 60 y 65 años, aún por identificar, lee de los labios
de la periodista. A continuación una foto horrorosa
aparece en la pantalla. Reconoce esa nariz chata,
esos ojos turbios, el pelo blanco, las ojeras blandas,
y los labios con pielecillas.
Mierda, de tanto esconderme, me he perdido mi propia muerte.

María G. Dionis

Categorías: AGUA

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