Por Almudena Anés y Mar Soto Carmena

“Vosotros, todos vosotros, toda
esa carne que en la calle
se apila, sois
para mí alimento.”
Leopoldo María Panero.

1.
Besarte simula la saliva de Tántalo, una garganta seca y picante. Te bebería, te devoraría si la carne fuese un líquido. ¿Cuánto tiempo llevamos así? En el estado de pausa, contemplación y paranoia. Comemos sobre los excrementos de las hormigas que circulan por nuestra casa, apenas nos miramos y la conversación vaga lenta. Somos un naufragio. Y uno de los dos siempre se queda. Sin sol, sin padres, sin mundo exterior excepto nosotros. No existe nada más, dices, la puerta es el límite del deseo y el control. Asiento/sentencio. Somos la misma masa de agua sin caudal que se hace flaca y más flaca, convirtiéndose en un charco turbio y sinuoso en forma de interrogación. Porque no hay más mundo ni mar ni tierra que este vínculo animal entre nuestros cuerpos. La saliva nos pega, nos diluye. Y ya nadie sabe distinguirnos, amor… ¿Amor?


2.
Me pica la garganta por culpa de esta sed que me hace pensar que me bebería de ti hasta el agua estancada. Me escuece mucho y querría rascármela hasta hacerme sangre, como las gatas arañan los juguetes y las alfombras y las fundas de los sofás. En vez de uñas, solo tengo esta lengua casi sin jugo ni saliva, que sin hablarte ya no me sirve para nada salvo para calmar mínimamente esta sequía interna que es blanca y cárnica y no se parece en nada a ti. Eres un glaciar duro y gélido que querría lamer para por fin sentir el tacto del agua en mis órganos e hidratarme.


3.
¿Cómo acordarse de la sed? Tú siempre has sido inalcanzable, no sabes qué es eso, el que quita y da el agua al mismo tiempo, el que es río dulce y veneno y al mismo tiempo oleaje que raspa las rodillas. Fruta fresca y jugosa que ansío y que se seca y convierte en pasa cuanto estoy a punto de hincarle el diente. Pero siempre vuelvo, independientemente de tu estado, como la gata que no soy a lamerte los tobillos y a rezar porque la textura de tu piel se homogeneice con la mía. Es lo que nos queda. Tenemos que cuidarnos, estamos solos. Dame de beber, amor.


4.
Como los vampiros, salgo a buscarte sin éxito, como una peregrinación sin vírgenes ni patrona esperando, tratando de encontrar detrás de las esquinas o en el ultramarinos de tu barrio una partícula de ti: una mirada aunque esquives rápido el contacto con mis ojos y hagas que no me has visto, que se te caiga una naranja o la barra de pan para poder recogerla y que no tengas opción, a que se te haya olvidado la cartera y ofrecerte mi dinero, a ofrecerte mi vida entera, mi cuerpo, el poco agua que me queda y espera la lluvia como lo hacen los granos de café. Me dijiste que querías beberme, aquí me tienes, desposeída.


5.
Soy agua en tus manos. Manejable, rocío y desaparición. Me entrego. Sabes ya cómo sabe mi dolor, quédatelo, este es mi sacrificio. Si sólo nos tenemos a nosotros, si no hay nada más, toma de mí los alimentos y el refugio, tómalo todo hasta que ya no quede nada. El agua no desaparece, sólo se transforma. Ambos sabemos que nunca será suficiente.

Categorías: AGUA

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