tríptico de la quema

I.

supermercado

La narrativa comenzó a los pies de una hoguera. Los antiguos solían contar historias. Haces tú lo mismo cuando acudes al supermercado con tu hijo pequeño. Él todavía es inocente pero a ti nadie te salva ya. Primero, cuando te quedaste en paro, seguiste comprando en el mismo supermercado. Aún cobrabas la prestación por desempleo y pensabas que la vida podía volver a su estado natural. Pero se acabó el tiempo. Cambiaste de supermercado, aquel de marca blanca que no te gustaba. Cuando pertenecías a una clase social no denigrante, decías que ahí iban los pobres (cito textualmente). Aquello dolió.

Al lavar la ropa, ya no quedaba igual. Todo se debía a aquella lejía sin nombre. Pensabas: ¿y si me la bebo? Tu hijo era lo único que no te hacía una mujer débil. No encontrabas empleo, vivías con ardor de estómago constante. Volviste a cambiar de supermercado, el más distinto. Aquí siempre hay que hacer colas. Ensayas la espera, te dan tu ración de alimentos, tu hijo pregunta qué está pasando. Tú te acuerdas de la lejía.

II.

velas

La casa circular, dice tu hijo, vivimos en la casa circular. Embargaron la casa cuadrada y decidiste que el coche era suficientemente amplio para los dos. No has pedido ayuda porque te da vergüenza. Y nadie te odia, podrías salir hacia delante. No tienes la culpa de nada. No escuchas y ardes porque la vida ya no es como querías. ¿Ahora qué? Tu hijo te pide celebrar su cumpleaños, se está haciendo mayor y te duele su ingenuidad. Te sientes sola, el ardor no desaparece. Le dices que sí. En el fondo eres incapaz de negarte porque le quieres (te acuerdas del casi aborto, del casi marido). Pides en el supermercado de la espera unas velas y un trozo de tarta. Pido demasiado, piensas. Pero nadie te niega la ayuda, eres tú el cortafuegos.

La noche de la fiesta, el niño y tú, celebráis sus seis años dentro del coche, en el aparcamiento subterráneo de un centro comercial abierto 24h. Él es feliz con la casa circular porque así te siente más cerca. Pero tú no quieres sentir y bebes alcohol. Nadie sopla las velas. La vergüenza lo consume todo.

A la mañana siguiente, la policía te realiza un test de alcoholemia y huelen tu aliento de cenizas. Ya no hay casa circular ni casa cuadrada: ya no hay casa. El hijo sí se va a una casa porque tú quieres que viva sin ardor de estómago en el futuro. Tú ya no te acuerdas de nada.

III.

parque

Encontraste trabajo y casa, encontraste pastillas contra el ardor. Pediste ayuda: un poco a la familia, un poco a los servicios sociales. Tuviste suerte. Ahora tu hijo juega en el parque, se abalanza por el tobogán. Ha crecido mucho en un año. Le llamas por su nombre: ven, anda, voy a echarte crema solar, no vaya a ser que te quemes. El niño viene, quiero escribir que es feliz pero no lo sé, acude a los brazos de su madre.

El niño dice: no pasa nada, mamá, no hace falta, tú estás quemada por dentro y nadie se puede echar crema por dentro.

Casi lejía, casi vida, casi felicidad.

tríptico de la quema

I.

supermercado

La narrativa comenzó a los pies de una hoguera. Los antiguos solían contar historias. Haces tú lo mismo cuando acudes al supermercado con tu hijo pequeño. Él todavía es inocente pero a ti nadie te salva ya. Primero, cuando te quedaste en paro, seguiste comprando en el mismo supermercado. Aún cobrabas la prestación por desempleo y pensabas que la vida podía volver a su estado natural. Pero se acabó el tiempo. Cambiaste de supermercado, aquel de marca blanca que no te gustaba. Cuando pertenecías a una clase social no denigrante, decías que ahí iban los pobres (cito textualmente). Aquello dolió.

Al lavar la ropa, ya no quedaba igual. Todo se debía a aquella lejía sin nombre. Pensabas: ¿y si me la bebo? Tu hijo era lo único que no te hacía una mujer débil. No encontrabas empleo, vivías con ardor de estómago constante. Volviste a cambiar de supermercado, el más distinto. Aquí siempre hay que hacer colas. Ensayas la espera, te dan tu ración de alimentos, tu hijo pregunta qué está pasando. Tú te acuerdas de la lejía.

II.

velas

La casa circular, dice tu hijo, vivimos en la casa circular. Embargaron la casa cuadrada y decidiste que el coche era suficientemente amplio para los dos. No has pedido ayuda porque te da vergüenza. Y nadie te odia, podrías salir hacia delante. No tienes la culpa de nada. No escuchas y ardes porque la vida ya no es como querías. ¿Ahora qué? Tu hijo te pide celebrar su cumpleaños, se está haciendo mayor y te duele su ingenuidad. Te sientes sola, el ardor no desaparece. Le dices que sí. En el fondo eres incapaz de negarte porque le quieres (te acuerdas del casi aborto, del casi marido). Pides en el supermercado de la espera unas velas y un trozo de tarta. Pido demasiado, piensas. Pero nadie te niega la ayuda, eres tú el cortafuegos.

La noche de la fiesta, el niño y tú, celebráis sus seis años dentro del coche, en el aparcamiento subterráneo de un centro comercial abierto 24h. Él es feliz con la casa circular porque así te siente más cerca. Pero tú no quieres sentir y bebes alcohol. Nadie sopla las velas. La vergüenza lo consume todo.

A la mañana siguiente, la policía te realiza un test de alcoholemia y huelen tu aliento de cenizas. Ya no hay casa circular ni casa cuadrada: ya no hay casa. El hijo sí se va a una casa porque tú quieres que viva sin ardor de estómago en el futuro. Tú ya no te acuerdas de nada.

III.

parque

Encontraste trabajo y casa, encontraste pastillas contra el ardor. Pediste ayuda: un poco a la familia, un poco a los servicios sociales. Tuviste suerte. Ahora tu hijo juega en el parque, se abalanza por el tobogán. Ha crecido mucho en un año. Le llamas por su nombre: ven, anda, voy a echarte crema solar, no vaya a ser que te quemes. El niño viene, quiero escribir que es feliz pero no lo sé, acude a los brazos de su madre.

El niño dice: no pasa nada, mamá, no hace falta, tú estás quemada por dentro y nadie se puede echar crema por dentro.

Casi lejía, casi vida, casi felicidad.

Categorías: Fuego

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