por Almudena Anés

tríptico de la soga materna

La madre

Dice la hiedra no confundas enfado con dolor. Entonces cae la noche y las calles se llenan de fuego. No hay recuerdos pétreos no dolorosos, no hay candil en la puerta ni calidez de la caverna. No hay nada excepto las farolas y algunos cuerpos de luz que miran desde arriba, por encima del hombro, desde los semáforos. La vegetación se extiende por el mundo cotidiano. Algunos animales diurnos todavía resisten al frío, pensaba vivir eternamente entre ellos, dejar mi mano sobre su pelaje en una caricia interminable de dolor y afección.

No hay piedad tampoco.

Decir la hiedra es desarrollar de nuevo el vínculo materno con los brazos de la osa y la nostalgia herida. Ansío el neón antiguo de la mirada, esa chispa. Queda el olor patente en la piel y pienso en los hijos de mis hijos, que tendrán un aroma a cadenas y cárcel, a prehistoria y casa de paredes blancas. La hiedra me habla, desde la memoria, me dice que no sea una mujer rencorosa, que todo pertenece al pasado y que no haga callo de los viejos ultrajes. Me dice eres árbol e imagen dolorosa, conciencia y alivio.

Dice:

Sé más inteligente que el dolor.

No te llevará a ninguna parte que ya no conozcas.

La niña

Recuerdo aún de niña la sensación de no pertenecer a ninguna parte, de sobrar en cada hueco y forma, como el polvo que se queda atrapado en la luz. Siempre he tenido la sensación de ser una distracción. En el colegio, aparte de las llamas del infierno y los recreos, a veces tenía compañeros de clase que organizaban fiestas de cumpleaños e invitaban a todos, incluso a mí al principio. Pero siempre había una negativa, una excusa, el rechazo del quiero y no puedo porque a mamá no le han gustado nunca las fiestas de cumpleaños. Con el tiempo, he llegado a creer que lo hacía por protegerme, para no convertirme en la piñata de un evento social para gente no solitaria.

Después dejaron de invitarme porque nunca iba, me conformaba con las historias posteriores, las grandes hazañas infantiles: imaginación y mentira. Sigue pasando hoy, mis amigos, los que creía que lo eran, se despiden de mi vida y no recibo llamada, me vuelvo a acostumbrar a los restos de la tarta. Espero a la sociedad, a las fiestas, como si estuviera en la cola del paro y todos los años cayeran de golpe sobre mi espalda para constreñirme el corazón de manera indirecta. Se van a vivir vidas mejores y me alegro, pienso que todo es pasajero, que soy escenario y atrezzo.

Ahora estoy sola, como siempre he estado, en mi cuarto que podría dejar de serlo si vendemos la casa, si nos quedamos sin dinero. Entonces miraré al cielo y cerraré muy fuerte los ojos, deseando, de verdad, transformarme en piedra y, al menos, integrarme al mundo como una categoría material de la naturaleza y no como un estorbo ante los ojos de mi especie, tan humana como fría.

La hija que ya no es niña

Hablamos a gritos y la noche se guarece tímida.

Afila la saliva por su lengua que hiere, brujería y odio anidan en esta casa, porque la loba es todo lo que no soy y todo lo que seré pero no quiero ser. El vientre se abulta de las ganas de crueldad: extiende la pata herida que hallarás siempre calor ante el fuego y una cama, algo ruin y tóxico pero económicamente sostenible.

La loba mana vida: existencia-vida-dinero/

vivienda-ropa-objetos/consumo-miedo-dudas.

Todo su clan está dañado y arrastran el apellido con las garras porque no aúllan en manada femenina. Herida de muerte por el destino animal, relamo la ponzoña como alimento y crezco con savia y veneno ante el bosque feroz que quiere extinguir de la faz lunar y terrestre cualquier cordón umbilical, lo poco que resta del lazo materno. Las ciudades se fundan con historias de madres e hijas.

Categorías: Maternidades

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