por Almudena Anés

tradición del acoso

Romperse era como correr(se) y galopar en cualquier dirección menos hacia la salida, porque en el hipódromo nunca había escapatoria. La yegua adolescente siempre corría demasiado poco, aunque corría más que otras crías, corría porque la vida era huir y el colegio y el hipódromo eran los mismos circuitos en períodos de media hora. Entonces el sudor era también un cervatillo cojo, a los pies de un gran árbol, esperando el golpe final. Colegio también era un circo de bestias y a mí me tocaba morir. Morir como romperse y correr(se) era un acto final donde no se podía regresar.

La yegua vive en mí, porque jamás corrí lo suficiente, ni supe saltar vallas e inventaba otros dolores pequeños, otros dolores motivados, otros dolores mentirosos donde ella no tenía que correr, donde ella no tenía que decir que la yegua amaba a otra yegua.

Esta yegua ha crecido y sigue corriendo en otros hipódromos ficticios, de un salvajismo violento, distinto, donde siempre tiene que defenderse, huir y relinchar.

Porque la escritura es el grito de ayuda que nunca oyeron.

tradición maternal

 I say a little prayer for you
 by aretha franklin 
 1968

La ama es la reina de su casa y sólo utiliza el espacio común como territorio propio. Nadie quiere invadir su cocina ni su sofá, nadie quiere estar lo suficientemente cerca como para herir. Me imagino a veces otra casa distinta donde no sienta las minas sobre el parqué.

Cada palo es como un abrazo no dado. 

Quizás haya pocos vínculos que me unan todavía a la ama. Veíamos películas inglesas románticas y musicales ochenteros ante un bol de palomitas, y también íbamos a desayunar y, quizás, hasta andábamos un rato, y la conversación fluía y no había discusiones por un período de una hora (récord) y, tal vez, hasta me acariciaba la mejilla y me decía lo guapa que estaba hoy. En mi cabeza sonaba la banda sonora de todas aquellas películas que eran de amor, pero siempre me recordaban a la dueña, porque a ella le gustaba la música negra hasta que dijo que ya no o quizás pensaba que los cantantes eran blancos y, a lo mejor, tener gustos así es más fácil.

Antes era una niña de la depresión post parto y ahora soy una mujer con el corazón un poco renqueante. Me gustaría que mi casa fuese un templo y no un castillo, donde todo lo sacro no fuese una creencia, sino el acto profundo de amor que junta a las familias felices alrededor de una mesa.

Nosotros siempre tenemos la televisión encendida cuando comemos (privilegio de dolor).

Nadie quiere escuchar sus propios pensamientos y, mucho menos, la verdad.

tradición de la fiesta

Recuerdo aún de niña la sensación de no pertenecer a ninguna parte, de sobrar en cada hueco y forma, como el polvo que se queda atrapado en la luz. Siempre he tenido la sensación de ser una distracción. En el colegio, aparte de las llamas del infierno y los recreos, a veces tenía compañeros de clase que organizaban fiestas de cumpleaños e invitaban a todos, incluso a mí al principio. Pero siempre había una negativa, una excusa, el rechazo del quiero y no puedo porque a mamá no le han gustado nunca las fiestas de cumpleaños. Con el tiempo, he llegado a creer que lo hacía por protegerme, para no convertirme en la piñata de un evento social para gente anti solitaria.

Después dejaron de invitarme porque nunca iba, me conformaba con las historias posteriores, las grandes hazañas infantiles: imaginación y mentira. Sigue pasando hoy, mis amigos, los que creía que lo eran, se despiden de mi vida y no recibo llamada, me vuelvo a acostumbrar a los restos de la tarta. Espero a la sociedad, a las fiestas, como si estuviera en la cola del paro y todos los años cayeran de golpe sobre mi espalda para constreñirme el corazón de manera indirecta. Se van a vivir vidas mejores y me alegro, pienso que todo es pasajero, que soy escenario y atrezzo.

Ahora estoy sola, como siempre he estado, en mi cuarto que podría dejar de serlo si vendemos la casa, si nos quedamos sin dinero. Entonces miraré al cielo y cerraré muy fuerte los ojos, deseando, de verdad, transformarme en piedra y, al menos, integrarme al mundo como una categoría material de la naturaleza y no como un estorbo ante los ojos de mi especie, tan humana como fría.

Categorías: Tradición

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