por Almudena Anés

cambiar la casa

Cambiar la casa es, quizás, la propuesta más radical de nuestra concepción: un diseño no carcelario del espacio, la cocina no domesticada y los cuartos de relaciones abiertas al mundo, donde haya más vida. Habrá paredes que no sean de ladrillo, podríamos imaginar cristales enormes por donde entrase la luz y el aire y esos años donde madurar sea algo sencillo y ya asimilado. Hemos crecido jugando a los Sims. Podemos crear algo nuevo.

Incluso, quizás, si somos atrevidos, cambiar las personas, cambiar hacia algo humano y mejor y vivo, imbricando el deseo al cuerpo y a las realidades materiales en los instintos primarios de la supervivencia y la diversión.  Qué haremos si no con la perpetuación de los viejos esquemas, doblegándonos a las estructuras y haciendo una herida constante en las rodillas (?)

Ese deseo de novedad es también remoto pero nadie lo usa y está en venta y compramos de segunda mano porque cambiamos de armario y de objetos y quizás pensamos que eso significa cambiar de vida pero creo que sólo nos escondemos y la casa va empequeñeciendo, con nosotros dentro, hasta que la casa ya no es casa ni templo ni rutina ni hogar.  Pagamos la casa hasta que es una tumba. Cambiar la casa sería cambiar de idea.

Una idea distinta, edificable, donde haya corrientes de aire, cortinas en movimiento que desplacen los muebles y las inquietudes hasta dejarlo todo vacío y libre, aunque sea un instante.

alertas fotocasa

Dónde está toda mi vida, qué he hecho con ella, por qué ya no regresa, piensan nuestras antecesoras en hábitats separados ante la falta de recursos lejos de la dependencia de los otros. Nuestras raíces nos cuentan que jamás dependamos de nadie para vivir. La vida (la experiencia propia) acaba muy pronto si no es conducida de manera individual. Nosotras nos miramos en silencio sabiendo que tendremos que relativizar entre el amor y las estrecheces económicas.

Parece que la vida existe sólo en las redes sociales, que todo lo demás es un artefacto ficticio para sentirnos mejor. Busco abrazos cerámicos en el amor, una parte sensible y otra material, parcialmente económica, para lograr la independencia de la edad áurea antes del ocaso del cuerpo. Mi teléfono notifica alertas fotocasa mientras abrazo su piel con más anhelo adulto que adolescente porque tocarnos ya no lo podemos hacer en todas las casas. Tocarse es un proceso de la intimidad en la clase media, esas manos suaves gracias a la crema y al cuidado, ese colchón pagado a plazos y ese techo (muy importante) que el alquiler aporta al sexo.

Si pudiéramos retroceder en el tiempo y prolongarnos hasta el útero, nos abrazaríamos dentro de los árboles-matriz, no tendríamos que ver mil anuncios con rentas imposibles y tal vez las únicas necesidades que desearíamos dilatar serían el calor y el vínculo que nos juntan. No habría que idear pagos imaginarios para la calefacción.

un obrero sirio

Un obrero sirio construye una casa para que sea destruida y regresa al día siguiente, otra vez, algo más escuálido, lleno de arena mientras arrastra cansancio y tal vez el cuerpo de su hijo muerto porque sigue creyendo, incluso después de la guerra y la muerte, que habrá un día en que se levante y todas las casas que sus manos han construido puedan permanecer de pie. Porque la casa es su hijo, piensa conteniendo la respiración, porque su lucha es la de sus hijos, la vida y la creencia. Por qué continuar, quiero preguntarle.

Todos los andamios y el hormigón de mala calidad penden de la próxima bomba, de cualquier decisión tomada por encima de su libre albedrío y del de toda su familia. Así no se puede querer ni confiar ni aspirar a otra casa que no sea un búnker. Mientras, a kilómetros más allá del muro, vivo yo en mi casa que no es mi casa que es la de mis padres, que ya han pagado la hipoteca y desean vivir aquí para siempre. El centauro de mi semilla, aquel que alimenta mi boca desde niña, tuvo que terminar la casa con sus propias manos porque los obreros de aquí, de donde sea, no la construyeron bien. Me imagino su sudor sin hiedra ni preocupaciones excepto esa nueva vida lejos de la capital y una casa sucia con los baños inacabados y un patio sin baldosas.

No construimos casas para que duren porque pensamos que podemos comprar otras. Ahora qué. La sabiduría del obrero sirio no se debe al exotismo oriental, puede ser que admire la capacidad de las personas por insistir en seguir vivos, al margen de cualquier dios, petróleo o etnia. Nuestra insistencia es económica y débil dado que apenas podemos pagar por vivir en un mundo pacífico, dicen. Qué pena es ver caer una casa para que construyan otra.

Categorías: Revolución

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