La bohemia siempre ha sido sinónimo de libertad a la hora de encarar el contenido artístico. Prueba de ello son las obras de Toulouse-Lautrec, quien ha pasado a la historia por ser el retratista de las prostitutas. Dejando a un lado el rol superior del pintor sobre sus modelos, Lautrec inició el término: musas. Una fractura en su niñez le dejó como portador de una diversidad funcional en su edad adulta, hecho que desde una quietud corporal le proporcionó mayor agudeza visual. La sífilis y el alcoholismo lograron internarlo en 1899 en un sanatorio mental del cual solamente salió para morir a los 36 años. Pintor post-impresionista, Lautrec inmortalizó como nadie la lujuria del Paris del siglo XIX, sita en los cabarets de Montmartre, cuya cartelería solía encargársele haciendo protagonistas a las mujeres que allí trabajaban.

A pesar de los efluvios liberales que pudieran sugerir estas prácticas pictóricas vinculadas al mundo de la noche, a muchos de estos artistas se los tildó de degenerados. Este es el caso de Egon Schiele: discípulo de Klimt, quien logró superar a su maestro en cuanto a la visión edulcorada del universo femíneo, y quien de no haber sido por su pronta muerte, podría haber traído nuevos cánones de belleza al mundo contemporáneo. Sin huir de lo explícito para poder narrar la verdad, Schiele no dudó en incluir en sus desquiciadas visiones a toda clase de personas. En 1912 esta práctica lo llevó a la cárcel tras ser, según dicen, falsamente denunciado por el padre de una menor a la que había retratado. Murió con 28 años de gripe española, dejando tras de sí un reguero de polémica y de vaginas retratadas en primeros planos hasta ahora jamás vislumbrados.

Expresionista y activista en favor de la libertad individual y de lo morboso y subjetivo, Schiele olvidó las consideraciones éticas en cuanto a teorías de la sexualidad (en gran medida influenciadas por Freud). Gracias a esto, muchos consideran al artista como un precursor del feminismo al poner a las mujeres en el núcleo central de su arte pero eso sí, siempre de forma pasiva. La vida corporal se deshace de las ataduras teológicas en su obra y en ese sentido claramente sí que es un verdadero revolucionario.

De dos biografías de artistas pasamos a analizar una obra: Olympia de Manet, pintada en 1863 dentro de la corriente impresionista. Obra que nació para poder ser presentada al Salón des Refusés (de los Rechazados por el canon artístico de su momento). Ante su exposición pública causó grandes debates, pues no parecía lícito emplear un desnudo realista en tales tesituras. Basada en la Venus de Urbino de Tiziano, y en todas las Venus de la historia del arte en general, la figura mitológica se reemplaza por una supuesta prostituta parisina, por el lazo negro que lleva al cuello, distintivo habitual en la época para este colectivo. Una mujer negra porta un ramo de flores tras ella, imagen en conjunto poco común a pesar de los apelativos de esclavitud que puedan interpretarse para ambas partes representadas. Un gato negro desafiante sustituye al cánido durmiente que aparece en el cuadro que inspira a la reinterpretación, y la propia postura de la mujer protagonista se muestra más retadora que la sumisa Venus del Cinquecento italiano.

La sensualidad del cuerpo de la mujer parece socialmente bien aceptada, pero ¿qué ocurre con el modelaje masculino? Las Guerrilla Girls desde los años 80 han cuestionado si las mujeres deben por fuerza mostrar su cuerpo al desnudo para poder entrar en un museo a perpetuidad. La representación de esta clase de desnudos sobrepasa la barrera del género si nos centramos en los modelos masculinos de la historia del arte.

Desde los griegos y hasta poco antes del momento actual, el cuerpo del hombre expresó la perfección por su vínculo a los deportes de élite y a la guerra. Profesionales artísticos de diferente calado fueron los primeros modelos de las Academias. El acceso del sexo opuesto a los talleres del siglo XIX se vetó por considerarse inapropiado por la exposición a la que se verían forzadas las mujeres de la época.


Algunos de los artistas más reconocidos como Miguel Ángel pudieron haberse inspirado en burdeles masculinos para pintar, en este caso, los desnudos de la Capilla Sixtina. Siglos después, en la Academia Francesa, fundada en 1648, existía un número habitual de modelos que tenían cubierta la residencia e incluso la jubilación. Cuando los beneficios económicos mermaron en el siglo XIX, gente no profesional accedió a este gremio para sacarse un dinero extra, entrando en este punto las mujeres a la palestra.  Por suerte, actualmente las susceptibilidades no se hieren con tanta severidad entre los sexos dentro de los estudios de Bellas Artes, pues es habitual tener todo tipo de cuerpos desnudos como modelo para aprender sobre una anatomía que hoy puede plasmarse en los papeles de forma más humana y plural que nunca.

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