para la llave magazine

un escrito de almudena anés.

Jan Toorop, The Three Brides (1893), Kröller Müller Museum, Otterlo.

“¿Qué es un hombre? ¿Yo, tan inseguro e incapaz? El hombre es tu madre, que sí oye el vals, sólo que ya con una ilusión que se ha ido diluyendo a base de años tristes e iguales, de enfermedades, de trabajo, de deudas, de muebles viejos y crujientes. Tu madre, que a pesar de todo eso, hoy tiene en los ojos un tenue brillo y una mínima sorpresa.”

josefina vicens

Cuando hablo de fantasmas, sé que me refiero a las mujeres de mi vida. Ya no sé nada de esas mujeres, no existen, su rostro es poética del abandono. Ni siquiera son mujeres porque no creo en su existencia, pertenecen a un limbo sin identidad. Al igual que los ángeles, seres a los que he olvidado en mis oraciones, ellas no tienen sexo, no puedo referirme con el lenguaje a lo que no puede regresar. Ya no están en mi mente sus cuerpos, el viejo tacto del amante que fui, ni espiritualmente recuerdo el amor. Mi madre, una santa, me acariciaba la cabeza siempre de niño. Trasteaba por la cocina, seguía su falda, pasaba tardes enteras a su lado mientras ella contaba historias de juventud, aquellas antes de mi padre. Luego, ante el sonido de la puerta, el mundo se transformaba. La pobre mujer temblaba mientras servía la cena y él, al que nunca he podido nombrar en voz alta, bebía vino. Luego le pegaba si no se acostaba en el colchón, luego ella por la mañana, después de haberse ido el dueño, fingía que la oscuridad había sido plácida.

Hacía tiempo que no pensaba en mi madre, quizás mi mayor fantasma, no la recuerdo nunca lo suficiente. Murió pronto, sola en el hospital, mi padre, señor y rey de su casa sin dinero, no me dejó ir cuando ella enfermó. Ya no tiene cuerpo para mí porque ni siquiera pude sostener su mano ante la muerte. El amor al final entonces es una enseñanza y la única persona que pudo haberme instruido, cálidamente, se marchitó en dolor. Quedé con él, a solas, quedé en sus brazos duros, jamás me tocó pero no fue bueno. Tampoco me fui. Su manera de amar era bruta, posesiva. He amado tanto como he odiado, de un modo paternal heredado.

Así todas las mujeres de mi vida han sido despreciadas, consumidas y abandonadas, como chuchos en el antiguo descampado. Quise casarme una vez y huí con otra. Ella se internó en un psiquiátrico después, rota por mi traición. He tenido muchos hijos que he pateado porque, o siempre eran débiles, o siempre me encariñaba demasiado. Supongo que tiempo atrás deseé ser mejor pero tampoco he sido un hombre religioso, lo único en lo que me he atrevido a desafiar a mi padre.

Él vive todavía, encerrado en sí mismo, tal vez mi madre le atormente. Me alegro. Mis fantasmas propios me siguen por cada senda, en los espejos del baño habitan. Pero he sido egoísta, jamás les he dado rostro, cuerpo, identidad. Están enrabietados conmigo, ellas, no sé qué son, sólo me piden reconocimiento.

Categorías: Fe

0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *