“El arte no reproduce aquello que es visible sino que hace lo visible” (Paul Klee, 1920). Con esta sentencia tan potente, podemos hacernos una idea de los principios del artista que hoy nos ocupa, los cuales involucran de manera directa a su profesión: es creyente de la materia, de los trazos y del potencial discursivo del lenguaje visual. Un discurso inmerso en un contexto complejo donde la muerte y la esperanza intercambiaban posiciones a diario, tal y como sucede hoy en día en plena sindemia global.

Paul Klee (1879-1940) nació siendo alemán en Suiza y como adulto siguió pivotando entre dos dualidades: la lírica y el arte visual. El recorrido de su tinta, el baile de su mano sobre el papel, dio a luz hace 100 años, en 1920, a su famoso Angelus Novus (del latín: ángel nuevo).  Todo un ser antropomorfo cuyas alas terminan en dedos como si fueran manos, con cabellos apergaminados que parecen poder ser base de cualquier escrito, y un halo iluminador a su alrededor.

Según el Talmud, o compendio de tradiciones y costumbres judías, un ángel nuevo es un ente celestial que permanentemente (al menos durante su breve existencia) emite un canto eterno hacia Dios. Este ser de luz se consume una vez alcanza el sumun de su misión, y fue esa característica: el bucle de nacer dentro de una legión de congéneres para entonar un discurso melódico ante una eminencia, transformándose después en la nada, la que hizo que Walter Benjamin lo escogiera como filosofía para su revista homónima: Angelus Novus.

En 1921, Benjamin compró la obra de Klee debido a la gran cantidad de evocaciones que le inspiraba, y ésta terminó siendo un tatuaje exento a su piel, pues le acompañó durante su exilio, así como en su novena tesis sobre el concepto de la historia (1940). En este texto surgido en el corazón de una catástrofe, Benjamin se detiene en las pequeñas cosas que componen la obra de Klee: sus gestos, sus alas, sus facciones… Cada ínfimo detalle que según él mira hacia el pasado, viendo cómo los despojos de lo que ha sido la civilización que conocíamos hasta el momento se apiñan ante él. Esa visión corresponde a la óptica del paraíso, a la vacuidad de responsabilidades de una criatura superior, mientras que nosotros batallamos como parte de nuestro presente. El ángel nuevo se ve arrastrado irremediablemente hacia el futuro.

Han sido muchas las interpretaciones que sobre el Angelus Novus se han hecho desde su nacimiento, todas ellas reivindicando el lugar que ocupan las personas en la historia. Sin embargo, lo más paradigmático es la propia línea de vida de la acuarela. Después del suicidio de su propietario en Port Bou, la obra volvió al pueblo judío, pasando primero a manos privadas, para después caer en las públicas a través del Museo de Israel en Jerusalén. Estancia que le permitió descansar por fin, del trajín que supuso materializar su presencia entre las hordas humanas. 

Angelus Novus es un claro ejemplo de cómo una obra plástica de apariencia sencilla, incluso infantil, puede ocultar reivindicaciones políticas, críticas sociales y debates públicos de gran calado. Erigir una obra sobre la mística judía cuando la guerra tildaba al colectivo de “enemigo” supuso abrir una vía hacia la re-humanización, hacia un futuro diverso y plural imaginado y que solamente podía ser traducido a través de colores, movimiento y papel.

Categorías: Fe

0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *