Por Almudena Anés

“Diario Venusiano es un lugar de encuentro, una casa común, la mamá que llora y a la que vamos a llorar.”

Inés Martínez

La violencia de Indira Carpio es patente en este libro, editado por Libero Editorial en 2020, cuya editora es la propia Inés, que define esta obra tan singular desde el Dios que sí existe y ese agua que somos y ese mar al que vamos como destino. Presentamos aquí la entrevista a Indira Carpio, escritora venezolana, periodista, autora, voz y mujer.

Querida Indira,

Te escribimos desde La Llave Mag, un medio artístico a caballo entre Madrid y Logroño, para realizarte una entrevista escrita sobre tu obra literaria. Primero, enhorabuena por tu poemario Diario Venusiano, es magnífico. Tiene una fuerza torrencial que sacude cada hebra del cuerpo. Gracias por ofrecer la garra que acaricia y doma. Procedo a las preguntas en nombre de la revista. Nuestro último número trata el tema de la luz; el próximo, en cambio, habla de la fe.

¿Cuánto hay de luminoso en tu poemario? ¿Tu poética es creyente o descreída?

No sé responder a la luz, todavía. Mi poética es una pregunta y una constante duda, porque me expresa a mí, que todavía no me conozco, a mí que todavía no sé si existo. Es decir, podría sonar a filosofía random, pero ese grano de arena que somos, los seres humanos en comparación a la enormidad del universo, debe saber que nuestra existencia bajo estas formas es efímera y saber lidiar con esa aplastante verdad: desde que nacemos estamos muriendo. Esa transmutación lo trastoca todo. Sé que ahora mismo soy un pedazo de cielo, una réplica de las formas geométricas, del infinito y que mi destino es volver a la tierra. Si te das cuenta, constantemente nos estamos comiendo a nuestros muertos. Esa es la reencarnación. Pero me fui por otros lados, a hablar sobre otras cosas. Yo creo; aunque mi maestro dice que no se puede creer poquito, entonces si fuera así: no creo. Lo bueno es que una no es definitiva, o es menos definitiva de lo que cree. Y entonces hay días en los que soy creyente y otros en los que ando a la mitad, medi-ocre, y como comprenderás el ocre está a medio camino de la luz. En el poemario hay tanta luz como palabras, porque cada palabra está hecha de luz, al decir del poeta, y también es verdad que sin sombra no hay luz, como dice aquella canción, entonces hay tanta sombra como luz, tanta palabra y tanto silencio.

¿Quién eres? ¿Qué cuentan tus libros de ti?

Mi hija de siete años me acaba de decir algo que me revela mí, aunque lo dijera ella: “no tengo culpa de ser yo”. Nacemos y maceramos una única esencia, un algo nuestro muy nuestro que nace con nosotres y se configura en la voz propia cuando se escribe, en el estilo cuando se baila, en el brillo cuando se canta, ese algo nos distingue en la unicidad. Una es eso. Lo demás es aprendido, adquirido, imitado, amaestrado, domado. Ese algo es la raíz, es lo salvaje, es el cielo, el origen. Yo soy eso aunque lo olvide, lo olvide y pelee con la divinidad mi mendicante humanidad. Soy eso y no tengo culpa de serlo. Mis libros cuentan una parte de mí, una parte de una parte, porque contarlo todo sería aburrido, una especie de reality show. Cada uno de ellos me representan en un momento de mi vida. Este último se parece un poco al diálogo que sostengo con aquel Dios de mi infancia y con las diosas del origen.

No sé responder a la luz, todavía. Mi poética es una pregunta y una constante duda, porque me expresa a mí, que todavía no me conozco, a mí que todavía no sé si existo. Es decir, podría sonar a filosofía random, pero ese grano de arena que somos, los seres humanos en comparación a la enormidad del universo, debe saber que nuestra existencia bajo estas formas es efímera y saber lidiar con esa aplastante verdad: desde que nacemos estamos muriendo. Esa transmutación lo trastoca todo. Sé que ahora mismo soy un pedazo de cielo, una réplica de las formas geométricas, del infinito y que mi destino es volver a la tierra. Si te das cuenta, constantemente nos estamos comiendo a nuestros muertos. Esa es la reencarnación. Pero me fui por otros lados, a hablar sobre otras cosas. Yo creo; aunque mi maestro dice que no se puede creer poquito, entonces si fuera así: no creo. Lo bueno es que una no es definitiva, o es menos definitiva de lo que cree. Y entonces hay días en los que soy creyente y otros en los que ando a la mitad, medi-ocre, y como comprenderás el ocre está a medio camino de la luz. En el poemario hay tanta luz como palabras, porque cada palabra está hecha de luz, al decir del poeta, y también es verdad que sin sombra no hay luz, como dice aquella canción, entonces hay tanta sombra como luz, tanta palabra y tanto silencio.

No sé responder a la luz, todavía. Mi poética es una pregunta y una constante duda, porque me expresa a mí, que todavía no me conozco, a mí que todavía no sé si existo. Es decir, podría sonar a filosofía random, pero ese grano de arena que somos, los seres humanos en comparación a la enormidad del universo, debe saber que nuestra existencia bajo estas formas es efímera y saber lidiar con esa aplastante verdad: desde que nacemos estamos muriendo. Esa transmutación lo trastoca todo. Sé que ahora mismo soy un pedazo de cielo, una réplica de las formas geométricas, del infinito y que mi destino es volver a la tierra. Si te das cuenta, constantemente nos estamos comiendo a nuestros muertos. Esa es la reencarnación. Pero me fui por otros lados, a hablar sobre otras cosas. Yo creo; aunque mi maestro dice que no se puede creer poquito, entonces si fuera así: no creo. Lo bueno es que una no es definitiva, o es menos definitiva de lo que cree. Y entonces hay días en los que soy creyente y otros en los que ando a la mitad, medi-ocre, y como comprenderás el ocre está a medio camino de la luz. En el poemario hay tanta luz como palabras, porque cada palabra está hecha de luz, al decir del poeta, y también es verdad que sin sombra no hay luz, como dice aquella canción, entonces hay tanta sombra como luz, tanta palabra y tanto silencio.

A nosotros, como revista, nos importa el contenido, muy potente en cuanto a las perspectivas de la religión y una crítica constante al canon deífico. ¿Qué papeles juegan la muerte y el hambre en tu diario? ¿Qué clase de dios es aquel que permite estos caballos del Apocalipsis?

La muerte es una pulsión, es también un lugar común de la poesía, en general. Yo, además, siempre me estuve regodeando sobre la idea de la finitud hasta que me tocó la puerta y la vi sentarse a la mesa. Ahí me di cuenta de los regodeos, de la paja sin aguja, porque la muerte siempre latente, siendo un certeza y certera, mata la poesía, llega y se acaban las palabras, aunque queden los libros. Yo siento que una es distinta con cada cosa que escribe, como si fuera posible acercarse cada vez más a esa esencia, al origen, una es más original tanto más se revisa, y escribir es una forma de revisarse, de vaciarse. El hambre es en su naturaleza vacío. Así las cosas, escribir es una manera de tener hambre perennemente. En Diario venusiano, esta mujer se cuestiona la ficción aquella de comerse a Dios y desea a su vez comerse al hijo de Dios. Quienes estudian el ayuno como método terapéutico dicen algo como que comer es garantía de la enfermedad y la enfermedad apresura la muerte. Pero el hambre es también una garantía de muerte. Es una estadística. Qué clase de dios puede computar tanto dolor. Podemos creer que Dios es un tipo sentado en su trono, designando a diestra y siniestra dolor y alegría. Sin embargo, creo que ese dios que permite el trote apocalíptico es más bien una masa humana, el resultado de la avaricia, de la acumulación de poder, de la sangre que mantiene con vida a los vampiros del sistema patriarcal y capitalista. Algunos de sus jinetes tienen rostro, otros permanecen en el anonimato. El dios de este sistema es el dinero. Bajo esa premisa todo lo que ocurre es “natural”. Y, “después de dios, el hambre”, es un ouróboro.

Esa rabia que enseña tu manera de narrar y poetizar verdades muy dolorosas nos ha hecho pensar en el sentido que tiene para ti la escritura. Recientemente, leía yo El Libro Vacío de Josefina Vicens, donde se reflexiona sobre escribir o no. En tu caso, ¿cómo es de libre tu poesía? ¿Cómo funciona tu proceso creativo o de catarsis? ¿Escribiendo la forma o reescribiendo tus experiencias y realidades?

La poesía que escribo es producto de mis jaulas, es tan libre como el deseo de ser libre. Si fuera libre, no tendría necesidad de escribirla. Asumo esta necesidad de escribir. Y es quizá por ello mismo que la poesía que escribo no desea tener rehenes. Me cuesta mucho hablar de la poesía con el posesivo, porque al ser “mía” es todavía menos libre. Los procesos que me llevan a escribir son todos aquellos que “me ocurren”. Ha habido veces que me descubro viviendo alguna experiencia para poder escribirla, o que la escribo para comprenderla. El lenguaje viene después. No impongo nada, no me digo: “esto es un poema con esta forma”, no. Escribo como me sale y después si es verdad que lo reviso. He aprendido que es importante la revisión tanto como el impulso inicial. Pero por ejemplo, las ciento once cartas del segundo libro de la trilogía las escribí en tres noches, en una especie de desdoblamiento. Ciento once poemas que son muy fieles al “vómito” inicial. Más que la forma, que también importa, me ocupo del fondo, cómo me representa eso que digo, cómo se acerca a la esencia.

A su vez, esta escritura es carnal como tangible. Duele leerte en ocasiones dado que tus impresiones son una huella de piedra, un sílex de lo prehistórico contemporáneo, por desgracia, sobre todo, ante las mujeres y sus conflictos.

¿Cuál es tu idea de mujer? ¿Y su belleza? ¿Hablamos de la Venus de Willendorf o de la Venus de Milo? ¿O de otras Venus periféricas?

La venus fue transfigurada por cultura pictórica, pero la mujer primera, la mujer salvaje era más parecida a la tierra, curvada, henchida, cárnica, vúlvica como la de Willendorf, la de Milo. Esta sociedad nos ha enfermado a las mujeres, nos ha convertido en animales hambrientos, y esta vez el hambre no como vacío creador sino como hueco insaciable, animales darwianianos, preparados para la competencia, dispuestos en bandeja para el macho cabrío. La belleza no solo de la mujer, sino también de toda la diversidad sexual, pasa por su disposición para servir a la vida ética y estéticamente. La belleza ha de parecerse a la verdad y es, se hace, en relación a su naturaleza y a su poder de creación, por lo que, a pesar de los cánones mediáticos-sistémicos, la belleza logra ser distinta según la cultura que la recree, aunque occidente parece un bloque uniforme, pálido, desnutrido, desteñido, según las portadas de las revistas.

Por otro lado, ¿cómo interaccionan los cuerpos en tu obra? ¿Y el sexo? ¿Es amor o fisicidad?

El cuerpo de las mujeres ha sido instrumentado para la violencia, desnaturalizado, inanimado, usado como cuna para parir los ejércitos y los obreros que mantienen a este sistema de mierda. En estos textos, los cuerpos ponen en duda sus jaulas, empezando por la primera: el cuerpo de la madre, el propio cuerpo, sus relación genital con otros cuerpos -la penetración, el amor homosexual, el abandono de la cuna-, la maternal, el amor y sus resultados, la reproducción-creación, la casa, la muerte. ¿Dónde se siente el amor, sino también en el cuerpo?

Llegamos casi al final de la entrevista. No te hemos hecho preguntas comunes y espero que no las consideres demasiado íntimas. Ansiamos esa cercanía revelada en tu poemario raudo como animal en celo y en huida. ¿Con qué verso de todo el poemario te quedarías? ¿O cuál crees que lo representa mejor?

Agradezco el interés por conocer aspectos de mí y de lo que escribo que no se observen a simple vista. Es difícil decidir qué verso representa todo un trabajo, sin embargo, haré el ejercicio. A Diario venusiano siento que pudiese representarla un par de versos del poema de la página 57: Una mujer debe escribir debajo del agua / sabiendo que el agua pudrirá / sus poemas. (…) Una mujer debe aprender a respirar / debajo del agua. / Y poder escribirlo.

¿Cuánta violencia habita en tu escritura? ¿Es un rasgo escondido o deliberado??

En lo que escribo perviven las violencias de las que provengo con las violencias en las que hago casa. Soy una mujer resultado de sus periferias: latinoamericana, venezolana, de origen empobrecido, trabajadora freelance, madre, escritora, niña abusada. Aunque reconozco que hay mujeres con cruces más pesadas y que, en relación a ellas, gozo de algunos privilegios: blanca, formada académicamente, clase media baja. Yo soy eso que escribo, no puede ser de otra manera. La violencia no se puede esconder, es como el humo o la bruma. Tampoco lo hago deliberadamente, es simplemente un resultado de lo que soy.

Indira, muchas gracias por tu lectura atenta y tu tiempo. Te pedimos, por último, que nos detalles un libro, una película y una canción que te hayan marcado a lo largo de tu vida para despedirnos de ti y conocerte también un poco más. Tu poemario ha sido una manifestación de la herida y de su putrefacción/curación. Gracias por tu sinceridad. Esperamos también que la entrevista te haya resultado interesante. Un abrazo cálido.

Gracias a ustedes, especialmente a ti Almudena, por la pasión con la que correspondes a otra pasión, a la que te entrego al escribir. Un libro al que siempre regreso es a Las mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés. Y, recientemente he leído uno que me ha parecido de una belleza a la que recurrir cada vez que me la decapiten: El viaje inútil de Camila Sosa Villada. Hay una película que forma parte del mainstream, de la cultura popular hollywoodense, pero que me parece de una belleza total. Proviene de una adaptación que hiciese el director Sean Penn del libro de Jon Krakauer, que se titula Hacia rutas salvajes, escrito por este autor estadounidense en 1995. Recientemente he visto Estrellas en la tierra, una película india que me ha hecho deshidratarme, también En la vía láctea de Kusturica, que contiene imágenes poéticas preciosas. En cine, es difícil decidirse.

Pero si en cine es difícil, la música lo es todavía más. Sin embargo, hay una canción que me recuerda mucho a mi papá, a mí y a él cuando yo era una niña. Se llama Circle game y la escribió Joni Mitchell, pero a nosotros nos gusta la versión que hiciese Buffy Sainte-Marie en 1967. Me ha resultado retadora la entrevista. Espero poder corresponder con las respuestas.

Quedo a sus servicios. Un abrazo apretado, uno caribe.

Categorías: Entrevistas

3 comentarios

Jetssy · 8 de diciembre de 2020 a las 22:16

Genia. Bonita entrevista, amena cercana…

Florbella · 8 de diciembre de 2020 a las 22:56

Indira es una poeta telúrica. Sus poemas emergen de las entrañas. En ella hay una lucidez que cautiva. Maravillosa entrevista!!

José Sándalo · 9 de diciembre de 2020 a las 00:12

Tremenda la fuerza de Indira , no parece de este plano, aún cuando no comparto que “sin sombras no hay luz” pues es la luz la que genera sombras , la exquistez de su verbo es bastante arrasador. Ella no es exacta, ni precisa, ni reggia…ella es una gran masa de palabras arrollándolo todo sin compasión. estas líneas “No sé responder a la luz, todavía. Mi poética es una pregunta y una constante duda, porque me expresa a mí, que todavía no me conozco, a mí que todavía no sé si existo. Es decir, podría sonar a filosofía random, pero ese grano de arena que somos, los seres humanos en comparación a la enormidad del universo, debe saber que nuestra existencia bajo estas formas es efímera y saber lidiar con esa aplastante verdad: desde que nacemos estamos muriendo. Esa transmutación lo trastoca todo. Sé que ahora mismo soy un pedazo de cielo, una réplica de las formas geométricas, del infinito y que mi destino es volver a la tierra…” nos habla de la profunda vida interna de este ser… vida púdica e impúdica, vida púbica trastocada en placer… Indira es terrible, estremece como un voráz huracán y también es tierna como una brisa… de eso podría hablar Ernesto su otro lado de este sitio, yo la veo y no la veo, es una poeta desde las oscridades y luces de un horizonte… La poesía que escribo es producto de mis jaulas, es tan libre como el deseo de ser libre. Si fuera libre, no tendría necesidad de escribirla. Asumo esta necesidad de escribir. Y es quizá por ello mismo que la poesía que escribo no desea tener rehenes. Me cuesta mucho hablar de la poesía con el posesivo, porque al ser “mía” es todavía menos libre. Los procesos que me llevan a escribir son todos aquellos que “me ocurren”. Ha habido veces que me descubro viviendo alguna experiencia para poder escribirla, o que la escribo para comprenderla. El lenguaje viene después. No impongo nada, no me digo: “esto es un poema con esta forma”, no. Escribo como me sale y después si es verdad que lo reviso. He aprendido que es importante la revisión tanto como el impulso inicial. Pero por ejemplo, las ciento once cartas del segundo libro de la trilogía las escribí en tres noches, en una especie de desdoblamiento. Ciento once poemas que son muy fieles al “vómito” inicial. Más que la forma, que también importa, me ocupo del fondo, cómo me representa eso que digo, cómo se acerca a la esencia…. ella es esto, perono se fién, no lo es…

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