Un escrito de Almudena Anés para La Llave Magazine.

“El pensamiento religioso no, pero la Iglesia es una rémora para el pensamiento humano porque es dogmático. En la religión primero se cree y luego se razona, al revés de lo que hacen las personas libres.”

José Luis Sampedro.


Incendio de la catedral de Notre Dame de París el 15 de abril de 2019.

Nada se opone al fuego, pensó Delphine mientras veía caer la catedral ante sus ojos hormiga de restauradora. Mon dieu, c’est une pire!, alguien gritó mientras grababa con su teléfono móvil y una pila de curiosos empezaba a reunirse en torno a la iglesia, la gran dama de París, una señora de mediana edad no respetada. Quizás por esa personificación del ego, Delphine había estado tan cómoda trabajando los últimos meses en la restauración, lenta y cuidada, de todas las maderas del techo. Su abuelo había sido carpintero, talló su propio ataúd, su padre quiso ser ebanista, prefirió una urna. Recordar el fuego que había hecho cenizas a su padre también era un proceso de catarsis, quería gritar viendo cómo un dios hacía arder el último trabajo de su vida laboral. Se hubiera jubilado en verano, cuando el roble hubiera vuelto a respirar arte gótico. Ahora todo caía, también, en cierta medida, años de su existencia.

Lo había dado todo por el trabajo, por ese sueño de la vieja bohemia adolescente que estudió en la Sorbona y después se fue al Museo del Prado a aprender con los mejores la restauración de la madera. Había sido un camino duro, ni se casó ni tuvo hijos, iba por las noches, acostumbrada a la oscuridad, como gata, a perderse en las calles con hombres y mujeres que no eran interesantes. No le gustaba la luz, siempre tenía sexo a oscuras, restauraba a los demás, a los objetos, objetualizaba a las personas pero jamás a sí misma. El fuego la hacía recordar demasiado, tanta ceniza con olor a traviesas. Hacía tiempo también que no se echaba un amante ni disfrutaba de su cuerpo, herido y doblado por todas las restauraciones previas. Había sido una estrella de su trabajo, desconocida para el público general que acude a vistazos de obra en museos, iglesias y galerías. En realidad, la gente nunca miraba mucho. Dentro, en bambalinas, como a Delphine le gustaba creer, era la mejor. También había un poco de leyenda en sus recuerdos.

Es cierto que Delphine era toda una profesional pero la edad, la mala suerte y la bebida habían hecho estragos en sus manos antes de bisturí. Temblaba con la madera como había temblado con el amor y temblaba ahora ante el grito contenido de la vida que se acaba. Como mujer pagana, nunca había leído la Biblia, ella no se encargaba de escribir cartelas. Sus condiciones socioeconómicas dependían de arreglar cosas, no se diferenciaba mucho de un fontanero o de un mecánico. Tal vez ella era más elegante pero tampoco cobraba más de mil euros al mes. Era una artesana, de calle, de carretera y manta, sus manos habían tocado el mundo en forma de obras de todo tipo de clases: retablos, esculturas, artesonados. Y su última gran obra yacía quemada entre escombros, ardería todo, Delphine lo sabía. Para qué tantas noches en vela para no interrumpir a los de misa de tarde, se reía, ni siquiera podía disfrutar de los vitrales más altos, donde la luz hacía el milagro. Su vida había transcurrido siempre pegada a algo, a un cuerpo, a una talla, a una botella. Y ahora qué, volvía a pensar mientras su mano izquierda se retorcía de dolor. Todos tan ajenos y ella tan consciente del daño, de aquella catedral no distinta a su esqueleto, que se rompía, que había pedido ayuda una vez para que nadie le tendiese la mano. Los feligreses mientras rezaban en torno a Delphine, algunos lloraban como cocodrilos, se decía ella con el sentimiento de la soledad acuciando sus riñones. Ni el fuego ahuyentaba al frío primaveral del Sena. Se ajustó la parka y el pañuelo, no quiso jurar porque Dios y ella ya no tenían conversaciones pendientes ni sobre el género ni sobre aquel aborto cuando pensó que podía formar una familia ni sobre aquel accidente de coche que se llevó a Michele, quizás la única.  Todo estaba claro, por eso sabía que el fuego era invencible, Delphine siempre había sabido muchas cosas.

Cuando justo se desplomó la aguja de la catedral y las últimas partes del techo no aguantaron la herida, Delphine se dio la vuelta y negó, negó para sí misma, ellos qué sabían si habían pasado su vida hablando a solas cuando ella sí había trabajado años con la creencia de que merecería la pena en algún momento, aunque fuese ínfimo. Ellos qué sabían de la creencia. No lloró porque Delphine era una mujer de las que no lloran, una mujer a las que se les ha agotado el agua en el cuerpo y son secas, como pasas, tan duras que duelen cuando por fin te miran. Delphine se fue caminando a su casa de Les Halles, dejando atrás a la pira que reducía a cenizas una parte de sí misma. Estaba siendo dramática, lo sabía, esta noche bebería un par de copas y la luz de la mañana, como las vidrieras de Notre Dame, lo limpiaría todo. Ella ya podría gozar de su jubilación anticipada.

Categorías: Luz

0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *