Tragedia de río Tinto

Sobre una idea de Jerónimo Bermúdez

Al poco de hacerse el tiempo, en algún punto entre dos líneas de un mapa, nacía río Tinto de unas altas y agrestes, salpicadas por unos matojos ya muertos y rígidos, abrasados de tanto Sol y tanto agosto. Como si al monte se le escapase el agua entre los dedos, ni muy claro ni muy turbio sino, más bien, aburrido, caía el Tinto despreocupadamente. Bien es sabido que en aquel entonces no se lo conocía así, pues en aquel momento aún no se le había dado el nombre a las cosas.

En el primer meandro del río se había construido un castillo en que el señor Rodolfo de P. dirigía una guerra. Por si la supervivencia en tierras yermas no fuese suficiente desafío, el enemigo se acercaba a pasos agigantados. Allí se refugiaba también la señora Demetria, hermana de aquél y víctima de este avance, viuda y huérfana de hijos. Diez años antes, tras una victoria pírrica en la defensa del castillo, salió su marido con los restos de su séquito en persecución del enemigo vencido. Quedó el castillo expuesto a nuevas oleadas de ataques que, tras haber atravesado de forma inexplicable los montes, azotaban los muros como una marea. Una noche, en una emboscada, su hijo fue empujado desde un torreón y muerto en el acto. El segundo, hecho prisionero y desaparecido. El tercero, atravesado por una saeta durante una defensa. Y su única hija, la menor y más querida, la última que le quedaba, fue raptada por esclavistas.

Rota de dolor, Demetria abandonó el castillo para acogerse a la hospitalidad de su hermano, señor de unas tierras a cierta distancia. Dejo allí a sus sirvientes y su corte, con la orden de aguardar a su marido y entregarle a su regreso una carta sin sellar, en que le informaba de su huida y del destino de sus hijos; carta que permaneció allí años, hasta que el viento se la llevó al atravesar las vidrieras rotas del palacio ya desierto.

Recibida por su hermano, Demetria vivió callada y distraída durante varios días. Pidió en varias ocasiones una expedición con los mejores hombres del castillo, que saliesen a devolverle a su hija. Callaba luego. Comía poco, apenas dormía. Participaba en la vida de su hermano silenciosamente, sin hacer ruido. Volvió en sí una mañana al vestirse. Una sirvienta le pinchó en un brazo con un alfiler y, mientras esta pedía disculpas y buscaba remedio, Demetria permanecía impasible, viendo la sangre manar. Fue entonces consciente de su herida.

Acudió desde ese día las reuniones de guerra, donde se preparaba el castillo para la llegada del invasor. Atendía a las tropas durante los entrenamientos y planificaba con otros comandantes.

Aunque intentaba reprimir u olvidar su pasado, este volvía a asaltarla una y otra vez como los enemigos que le quitaron la vida. Ocurría en momentos inesperados, como al atravesar el patio, cuando rozaba la hoja de una planta de incienso con la mano. Recordaba que ella tenía la piel suave. Entonces volvía corriendo a su hermano, le exponía sus ansias, le atormentaba. Podemos imaginar que hubo una vez que decía: «Tu hermano te acoge en tu peor momento sin pedirte nada a cambio; y tú lo persigues, lo atormentas con súplicas y reproches, le pides que te abra la mano de la que pende, y que tiene cerrada con gran firmeza». Si esta voz existió dentro de su cabeza, podemos tener la seguridad de que no la oyó.

Así que bajaba cada tarde a orillas del río. Tenía las tristezas dejadas entre los cerros secos que asentaban el castillo, en los pocos juncos que crecían tan lamentablemente y en las aguas que, según se hubiese dado o no lluvias, se presentaban más o menos verdosas. Hasta en los claros de las batallas, en las escaramuzas a los pies del castillo, podía ser el brillo de los ojos de su hija.

Una noche alarmó a guardias y sirvientes llenando con sus gritos los salones y galerías. Rodolfo, pensando que se moría, acudió corriendo para encontrarla febril, debatiéndose entre las sábanas con los guardias que intentaban controlarla:

  • Hermana, ¿qué gritos son estos? ¿Tienes dolores?
  • Me duele una herida que tengo aquí dentro, y cuando estoy sola me sangra. Ay, Rodolfo, sal a buscarla, que mi herida crece, y yo aquí mismo me voy a desangrar hasta ahogaros a todos.

Llegaron por fin los días de asalto, los asedios y las persecuciones. Mientras se vaciaba el lugar de soldados, que salían al encuentro de la última batalla, Demetria miró a Rodolfo comandar las tropas en desfile, y cuando este respondió a su mirada, espoleó al caballo y salió al trote, como si el verdadero enemigo se encontrase a sus espaldas. Ella le decía: «No vuelvas sin mi hija».

A su regreso, las tropas celebraron la victoria con un gran festín. Al lado de un Rodolfo que bebía triunfante, llevándose a la boca semillas de granada, parecía Demetria prisionera de guerra. Terminado el banquete, Rodolfo la encontró sola, en mitad de la noche, a orilla del río:

  • Creo que piensan que no te alegras. Y enfurecida ella le respondió:
  • ¿Alegrarme, hermano? ¿Alegrarme? –miró entonces a Rodolfo y lo vio perplejo. Este, que no le entendía, le dijo:
  • Demetria, ni siquiera he bebido tanto. –y ante este comentario, ella suspiró, se dio la vuelta y regresó al castillo.

Durmió Rodolfo hasta bien tarde. Soñó que en sus tierras yermas nacía vida en los márgenes del río, de los márgenes las hiedras y los chopos trepaban a las colinas, llenaban los montes de manadas de ciervos y alamedas. Y siendo ya una hora muy tardía, le despertaron los guardias para decirle, nerviosos, que había entrado la señora furiosa mientras él dormía, y que llevaba consigo unos aires que quién se hubiese atrevido a detenerla y que, siguiéndola desde lejos, vieron cómo descendía la ladera del castillo hasta el río y tras mirar unos instantes el agua, echó a andar río arriba tratando de esconder sin mucho esfuerzo y muy vanamente un objeto alargado entre sus ropas. A Rodolfo, que mientras oía esta historia se había vestido apresuradamente y con mucha seriedad como si, esa mañana también, tuviese que salir a luchar una guerra; le había parecido oír, quizá en sueños, quizá cuando estaba ya bien despierto, un sonido como de una puerta que hubiese estado décadas cerrada y de repente se abre o el sonido de un alma que se escapa; el sonido, en definitiva, de una gran presa que se desborda. Salió del cuarto sin coger su espada, y bien sabría él que no la habría encontrado, descendió las escaleras del castillo y salió al exterior junto a los guardias, que intentaban disculparse con balbuceos e historias mal contadas, y bajo la colina hasta llegar a la orilla del río. Los guardias, tras él, perdieron el aliento al ver las aguas. Rodolfo se arrodilló y calló su pena: el río bajaba bravo, teñido de un color intenso, rojo como la sangre.

Rodrigo Jubera Sáez

Categorías: Herida

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